
(1er relato Spin-off de La versión del Minotauro)
«Las revueltas palaciegas y los golpes de Estado
sólo sustituyen a una camarilla de sinvergüenzas por otra».
Karl Edward Wagner
Conan y el camino de los reyes
Perplejidad y confusión.
—Entiendo. Y no crees que vayan a cambiar de idea.
—Ese no es mi tema. Yo sólo te transmito la orden, y por si no lo tienes claro que sepas que viene de lo más alto. Además, qué carajo, nosotros no estamos para andar haciendo crucigramas. Ellos sabrán.
—Claro, claro. Te lo pregunto porque se me hace raro… —enarcando las cejas a pesar de que el otro no pueda verle—. Nunca imaginé que esta misión iría más allá de la vigilancia e información. Al fin y al cabo no creo yo que esta tía… La verdad…
—¡Manda cojones! Que lo que tú creas importa un huevo, tío… Pero yo sé lo que te pasa a ti… —la malicia se hace tan patente en el tono de su voz que casi le provoca asco—. Te pensabas que lo único que ibas a hacer era tirártela hasta el aburrimiento y pasarte los meses comiendo de cinco tenedores, pero ya ves que no. Este negocio tiene macas y todas las misiones se terminan alguna vez, incluso las mejores. No todo va a ser chingar.
La grosería de su interlocutor es asquerosamente obvia. Piensa casi sin quererlo en los perdigones que deben brotarle de entre los dientes, en el siseo de su lengua viscosa, en su sonrisa lasciva, y le resulta tan asquerosamente insultante que retira el aparato de su oído en un acto reflejo. La verdad es que están hablando de matar a una persona hacia la que ha desarrollado, contra toda lógica profesional y sensata, confusos vínculos emocionales. No obstante, comprendiendo en el acto que no será oportuno que su interlocutor intuya sus verdaderos sentimientos, intenta mostrarse aséptico devolviéndole la pelota con el mismo talante:
—Pues es verdad, qué coño, no iba a ser todo estar pegándose la gran vida. Me estoy atocinando.
—¡Ya te digo, hermano! Y que te quede claro; la próxima vez la parte de la cama me la curro yo.
—Ya, con lo feo que eres… Como no te encarguen de vigilar a la novia de Frankenstein… Anda, que corto.
—Chao mamón.
Cierra el móvil con la mirada perdida en el fondo azulado, oscilante, de la piscina. De manera automática, sin siquiera pretenderlo, germina en su mente la idea de que mucha gente se ahoga en piscinas como esa todos los días sin despertar sospechas. Un accidente más y a la fosa. No sería complicado prepararlo cuando, además, ella tiene por costumbre darse un bañito al atardecer. Siente un escalofrío y retorna a la realidad. Se exige calma. Tiene un par de días para pensar en el tema y decide no precipitarse. Es un profesional, le han dicho que nadie debe sospechar, que debe ser limpio, y no le conviene cometer errores, sobre todo cuando es consciente de que se están rifando los ascensos y culminar con éxito una misión tan delicada como la que se trae entre manos puede hacerle ganar muchos puntos.
No le gusta tener que matarla. Es una putada. Pero es la vida.
—¿Con quién hablabas, cariñín? —No la había oído llegar y tampoco tiene ni idea de cuánto tiempo lleva a sus espaldas, escuchando la conversación con el enlace. Objetivos, césped y pies descalzos, una combinación muy jodida para un espía.
—Un amigo del gimnasio. Por supuesto, no le he dicho dónde estoy, ni por qué he desaparecido de la circulación. No debes preocuparte. —Tira al azar. Y como el gesto de ella no se altera ni un milímetro comprende que se ha tragado la mentira y que puede seguir con la comedia—. ¿Llevas ahí mucho rato?
—No. Acabo de llegar.
Suspira. —La verdad es que empiezo a echar de menos la vida de siempre. Ahora mismo, en Madrid, estaría sentado en una de esas terracitas cojonudas de Rosales tomándome una cervecita con los colegas y haciéndonos unas risas. Lo echo de menos.
—Yo también, pero ya sabes cuál era el trato. Si mi partido perdía las elecciones nos largaríamos del país. Y tú aceptaste seguirme a pesar de que no te expliqué los motivos por los que tenía que marcharme. No te pedí que tiraras tu carrera al váter, que dejaras atrás tu vida, y ni tan siquiera te lo sugerí. —Lo mira aburrida. Ya han mantenido antes esta misma conversación inútil. Ella no podría regresar aunque quisiera y él, sin su apoyo institucional, no es más que un chiquito guapo y cachas que no sabe hacer la o con un canuto y que no pasaría de sellar documentos en la ventanilla del negociado de tercera en el que se lo encontró.
—El problema no eres tú, mi amor, es este puñetero país al que nos hemos venido… Hay tantos muertos de hambre que no podemos salir del recinto turístico sin temor a que nos rapten, nos violen, nos roben los órganos o nos peguen un tiro, joder, casi parece que vivamos en una puta reserva india. —La mira aburrido. Ya han mantenido antes esta conversación inútil. Pero él tiene que mantener la ilusión del muchachito objeto hasta que decida cómo cerrar el asunto y ella, aunque quisiera, está tan acojonada por las cosas que ha hecho, y por las que sabe, que no se acercará ni a mil kilómetros de España por temor a que le vuelen el trasero.
—Una reserva, sí, para millonarios. Es un matiz importante.
—El dinero para mí es irrelevante. Ya lo sabes. Y tampoco quiero discutir. —Abrazándola.
—No. No lo sé, pero tengo que creerte. En eso consiste el amor, ¿no? —Cediendo de buen grado a la caricia de los brazos musculosos, sintiéndose en el mismísimo limbo de la seguridad al acunar su rostro sobre los pectorales bronceados y calientes. En ese momento, justo cuando ella emite un lánguido suspiro, él termina por comprender que tampoco es tan guapa, ni es tan rica, y que casi le dobla la edad por lo que llegará un momento en el que ni el mejor cirujano facial podrá defenderla de la fuerza de la gravedad. Demasiadas objeciones como para pensar seriamente en arruinar su vida por un sentimiento no muy intenso y que asume como pasajero.
—¿Paseamos? —Ella. Separándose.
—Sí. Por la playa, ¿vale? —Tomando su mano. Ella asiente y se deja llevar.
De manera automática, sin siquiera pretenderlo, germina en su mente la idea de que mucha gente se ahoga en el mar todos los días sin despertar sospechas. Además, por muy sospechoso que pueda terminar resultando el asunto a cualquier policía listillo, en un país como ese, en el que a fin de mes sólo se cobra en buenas palabras, ningún agente verdaderamente inteligente hace preguntas a los turistas ricos como ellos cuando bien puede cobrarles una tasa con la que sufragarse los extras.
—Qué bonito atardecer —musita ella, como transportada a extrañas dimensiones de absoluta felicidad que, de improviso, a él le parecen lejanas, inalcanzables, idiotas. Tan sólo piensa que le apetece demasiado esa cerveza nocturna en la terracita del Paseo de Rosales. Mucho. Que su felicidad está a miles de kilómetros de esa mujer a la que ya no contempla como otra cosa que un objetivo más, un sencillo asunto laboral.
Y comprende, mientras la invita seductor a bañarse desnudos bajo la luz de la luna, que ya no puede esperar dos días más.
© Francis P. Fernández / Junio de 2010
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