
(2º relato Spin-off de La versión del Minotauro)
Fragmentos del controvertido libro Conspiración de silencio, de Paquito Rubio (Editorial NGC, colección Testimonios, 2011). Este fue el trabajo de investigación periodística superventas en España durante el año 2012, con 42 ediciones y más de un millón de ejemplares vendidos.
[…]
Claro está, a pesar de que siempre estuve convencido de que el testimonio de mi informante era fiable y de que la pista de la oficina de Correos de Madrid era central si quería desentrañar el fondo de la historia, la posterior acumulación de fracasos me sumió en la depresión. Lo reconozco: a punto estuve de engañarme con la idea de que todo el asunto no sería, a la postre, otra cosa que el delirio de ese pobre loco y que los documentos que se me habían hecho llegar eran una falsificación.
Muy convincente, sin duda, pero falsificación al fin y al cabo. Ocurre, no obstante, que a veces la suerte se alía con los desesperados, y yo estaba realmente con el agua al cuello, planteándome incluso la idea de dedicar mis esfuerzos a otros asuntos pues mi situación económica no era la mejor de las posibles y mis recursos para continuar en la brecha eran, sobre todo, limitados. Todo cambió sin embargo en el momento que recibí la llamada de alguien que conocía bien los tejemanejes de aquella oficina postal en la que, por cierto, estas costumbres eran más habituales de lo que cabría imaginar por lo que he llegado a sospechar que, en realidad, había un hombre de los servicios de inteligencia infiltrado en la plantilla.
La persona en cuestión, de la que me abstendré de indicar detalles que puedan llevar a su identificación positiva por obvias razones, me explicó que llevaba un tiempo al tanto de mis pesquisas, pero había tenido reparos bastante comprensibles para hablarme del tema. No quise preguntarle por las razones que habían motivado su cambio de opinión y tampoco pareció querer dar mayores explicaciones al respecto, por lo que este extremo quedará, supongo, sumido en el misterio para los restos. Sea como fuere, tras citarnos en una céntrica cafetería madrileña —conservo una grabación e incluso una fotografía debidamente fechada que documentan el encuentro y que, como el resto— el contacto me explicó detalladamente cuál era el ingenioso método empleado por los artífices de la trama para intercambiar información entre ellos. Indicó que nadie en la oficina parecía dar importancia a aquellas comunicaciones tan poco convencionales, que se repetían con extraordinaria asiduidad por lo demás, pero él intuyó muy pronto que todo aquello escondía algo raro y completamente alejado de los reglamentos, por lo que decidió extremar la vigilancia y dedicar alguna porción de su tiempo libre a investigar el tema. Como es lógico y el lector cabrá suponer, no tardó en obtener resultados.
El hecho es que, al fin y gracias a las pesquisas de este funcionario comprometido y observante de los procedimientos, obtuve un teléfono para rastrear que resultó pertenecer a una terminal pública situada en la Escuela Naval Militar de Marín. A través de uno de mis contactos en el CNI supe que en ella había estudiado el alférez de fragata Felipe Orduño, hijo de una vieja leyenda de los servicios de inteligencia militar españoles al que, obviamente, no tardé en identificar como auténtico cerebro de la operación: el teniente coronel Luis Orduño, actualmente ya en la reserva con el grado honorario y la paga de coronel, por lo que deduzco que los asuntos Alfa y Omega, así como el establecimiento del secretísimo CEOS, debieron ser sus últimos servicios a la nación. Debo señalar que ambos se han negado en reiteradas ocasiones a entrevistarse conmigo, e incluso me han amenazado con llevar el caso a los tribunales, pero no es menos cierto que tampoco es preciso su testimonio en la medida que he podido reunir información suficiente como para probar mis afirmaciones y su indudable vinculación al caso sin lugar a la duda. Algunos de estos documentos pueden consultarse en los apéndices de esta obra.
Por otro lado, existen sobradas razones como para dudar mucho que hagan realidad sus amenazas.
[…]
A menudo he oído decir, casi siempre a los que detentan tales cargos, que el ejercicio del poder responsable exige de esta clase de tejemanejes sucios, pero no puedo estar más en desacuerdo con semejante punto de vista. Si el Estado de Derecho no es cristalino en sus obras e intachable en sus conductas, lo único que conseguirá es extender la desconfianza entre la ciudadanía y sentar las bases del desastre y la aniquilación de una nación. Si no hay garantías, si no se salvaguardan los derechos humanos y constitucionales más elementales, entonces no sólo no existe democracia sino que la supuesta «seguridad» de la que se nos habla no es más que un fraude ideado para encubrir la más funesta de las tiranías. Por ello, como ciudadano que soy, porque prefiero vivir en un país honrado antes que en un país seguro, afirmo que el actual presidente de nuestra nación —y puedo probarlo ante quien así lo exija— es el peor de los terroristas: un criminal de Estado que ha utilizado las herramientas que los ciudadanos hemos puesto en sus manos, costeándolas con nuestros impuestos, para asesinar y mentir en su propio beneficio.
[…]
Lo cierto es que tras las dos entrevistas iniciales, y alguna llamada telefónica esporádica, no he vuelto a tener contacto directo con él y desconozco el paradero actual del capitán Florencio Hermida, el único héroe real de esta historia. Por más que he intentado volver a comunicarme con él, sólo he encontrado respuestas vagas, laberintos burocráticos y testimonios cruzados que me han hecho imposible localizar su paradero. La única verdad es que ya no se encuentra internado en el psiquiátrico penitenciario en el que nos conocimos. De hecho, ni tan siquiera sé a ciencia cierta si ha podido recibir el ejemplar de este libro que le envié pues no se me dijo con claridad si ya había sido trasladado —o puesto en libertad— cuando fuera publicado. La otra cosa de la que estoy completamente seguro con los datos que poseo, y cuyas fuentes no estoy en disposición de revelar en este momento, es que está vivo, tal vez en unas condiciones psicológicas y de salud, tal vez también económicas, harto difíciles, pero respirando, por lo que no he perdido la esperanza de encontrarle —ni cejado en el empeño— a fin de que reciba su parte monetaria y moral de los réditos de este libro sin cuyos informes certeros y convicciones éticas firmes jamás se habría escrito. Es lo menos que le debo. Que le debemos, me atrevo a decir.
Por el momento, dicho sea para actualizar el resultado actual de mis pesquisas, sólo me queda ya por explorar la que he dado en llamar «pista belga», pues sé que Hermida mantuvo correspondencia, al menos durante las primeras etapas de su encierro, con alguien de aquel país a quien todavía no he podido identificar. El problema, no obstante, reside en el detalle de que esta información no se basa en testimonio documental alguno, sino en los comentarios que me realizó una de las administrativas del centro psiquiátrico que además, y lamentablemente, no fue capaz de recordar con exactitud la dirección escrita en los sobres, pues no creyó que fuese importante. Sólo el hecho de que le llamó la atención que uno de los internos escribiese cartas a aquel país, Bélgica, pues no es cosa habitual. Por mi parte, he sabido que Hermida mantuvo cierta amistad en el pasado con un mercenario de origen belga, llamado Pierre por lo que he averiguado, pero tampoco he podido identificar con precisión y mucho menos localizar a este individuo a fecha de hoy, y el misterio permanece.
Quizá, imagino, Florencio Hermida haya terminado tan harto de esta basura que no quiera saber más de ella. Tal vez haya perdido el juicio definitivamente. Puede que su destino sea pasar el resto de su vida incomunicado en algún zulo o atiborrado de psicofármacos en un hospital secreto. Es muy triste para mí no saberlo ni hallar el modo de penetrar en esta oscuridad, de veras. Resulta duro no poder decirle que al final, pese a las trabas y las amenazas, la verdad pudo resplandecer. Que finalmente ha sido el héroe que siempre soñó cuando decidió entregar su vida al servicio de su país.
[…]
NOTA FINAL: Lamentablemente el autor del libro, demandado al fin por varios de los personajes cuyos nombres se mencionan en la obra, incluido el presidente del gobierno, desapareció en extrañas circunstancias cuando el avión en el que viajaba para dar una conferencia en Santa Cruz de Tenerife se esfumó sobre el Océano Atlántico en la que se recuerda como una de las mayores tragedias de la historia de la aviación civil española, pues desaparecieron junto con él otras 276 personas. La demanda, consecuentemente, nunca llegó a juicio y Rubio no mostró en los tribunales los supuestos documentos que, según había indicado reiteradamente a los medios tras estallar la polémica, obraban en poder de un notario cuyo nombre nunca ha trascendido y que, supuestamente, corroboraban el contenido de su controvertido texto. Sea como fuere, los documentos nunca han aparecido pese al denodado esfuerzo de varios reputados especialistas por dar con su paradero. Algunos de estos expertos han manifestado, a falta de pruebas tangibles que sostengan la historia, que los hechos que se relatan en el libro no son otra cosa que una novela muy creíble y bien estructurada, y que Rubio, probablemente, fuera un completo fraude. A pesar de ello, muchos de sus defensores —especialmente seguidores suyos en la red empecinados en mantener vivo su recuerdo— han tratado de restituir el buen nombre del periodista y defienden con encono la tesis de que fue asesinado por decir la verdad. ¿Conspiranoia o realidad?
© Francis P. Fernández / Junio de 2010
|